4. Y todo a pulmón

Comunidad náutica, en esta ocasión les compartimos el cuarto fragmento del libro
“50 Aniversario del Club Veleros Barlovento”, «De barro somos»

Esperamos que lo disfruten.

 

MANOS A LAS OBRAS, CON LAS BOTAS PUESTAS

Una vez obtenida la concesión, lo primero que se realiza es el albardón limite del espejo de agua; luego el predio quedará cercado por más labradores. Los hermanos Ojeda, los isleños contratados, realizarán el indicado de una gran olla y el enfajinado de los taludes, que protegerán al refulado de vientos y corrientes. Los albardones al principio eran débiles, no aguantaban y se abrían por varios lugares. Costó mucho trabajo  en ese momento fue un drama, per de a poquito le irán ganando al río, siempre bajo l supervisión de José Moras, quien estará en el lugar casi todos los días, calzando altas botas de fajina.

En mayo de 1963 se envía nota solicitando la autorización del dragado de ensanche y profundización de la canaleta existente en los terrenos, a la Dirección de Construcciones Portuarias y Vías Navegables de la Nación, por sugerencia de la Dirección de Hidráulica de la provincia de Buenos Aires, por un convenio realizado en 1960 entre ambas. El club comienza a vislumbrase como una realidad. Desde el principio se cuenta, también, con la colaboración de los nuevos socios para realizar distintas tareas en el predio. Así, los fines de semana se los veía a todos, manos a las obras, con botas de agua, colaborando con el encofrado de los pilares de la nueva sede o plantando los árboles necesarios para asentar las tierras. Se iban embarrados, pues aún no tenían vestuarios.

En agosto de 1963 harán un alto en el trabajo para estar presentes en el homenaje que la Secretaría de Marina organiza en Recoleta en conmemoración del 80° aniversario del fallecimiento del Comandante Don Luis Piedra Buena. La Comisión Directiva del nuevo club reconoce luego en asamblea, al final de ese ejercicio, el intenso trabajo; la labor ardua, y que los resultados superaban con creces todo lo imaginado, pues ello había sido posible porque los socios respondieron con entusiasmo a todas las solicitudes:

«Es así, que ya está constituido moral y físicamente nuestro deseado y querido club y esperamos será en el futuro orgullo del deporte náutico argentino …»
Firma el entonces Presidente, Antonio Capitán.

 

 

El club se hizo con el dar y con el hacer de sus asociados. Se valoraban los aportes societarios y la colaboración de toda índole, de la cual la obra futura dependía. A los posibles candidatos a socios que llegaban, al ver esta imagen de los consocios embarrados, trabajando en el predio aún semipantanoso, no les quedaba claro si era un grupo de visionarios o de extravagantes, si era delirio o epopeya. «El paso del tiempo nos dio la razón, el esfuerzo valió la pena», orgulloso afirma hoy Heriberto Ferrara.

Mientras tanto, se daba término a la estructura de hormigón armado del edificio social, compuesto de una losa de dos plantas y escalera de acceso, sobre columnas de 4 m de altura, ya preparada para recibir el primer refutado y cuyo material fue donado por José Gallo a través de Cruces Hnos., firma de la que era presidente. El material de la escalera fue donado por A. Capitán. El techo de tejas con estructura de madera y la chimenea del estar, serían donados por H Silberstein.

Cuando la sede ya tenía forma, el hermoso techo de tejas, donado por Hellmut Silberstein, lo manda colocar por un techista Alberto Lassalle -quien sería el primer Capitán, luego de la reforma de los estatutos- pagando en trueque su ingreso al club.

La sede social del CVB fue proyectada desde el inicio con un criterio utilitario, contemplando futuras ampliaciones. La nueva sede hoy se alza orgullosa sobre ella. En la actualidad, la losa primigenia alberga la secretaría y es la base del salón Gómez Verdasco (sala de conferencias, biblioteca y espacio de juegos para cadetes).

En diciembre de 1963 se firma un contrato por el dragado con el Ministerio de Obras Públicas (MOP), por lo cual se espera ansiosamente la llegada de la draga del MOP, de la Dirección de Hidráulica de la provincia de Buenos Aires. Además del alquiler, se deberá pagar el combustible y el jornal de los peones para el movimiento de las cañerías. Los planos requeridos por la Dirección de Hidráulica los realiza, sin cargo, el Ing. Battistessa de Cruces Hnos., la firma donde José Gallo era presidente. Los trámites por la draga los realiza José Moras.

Nadando en la bahía

«El endicamiento tendrá una base de 1,20 metros y una altura igual, en forma de talud, dando lugar al camino para una persona en su parte alta, a los efectos de la atención de las cañerías de la draga, cuya llegada está prevista para marzo.» (Actas de Comisión Directiva). Ya corría 1964; dichas cañerías serían atendidas personalmente por José Moras. Se mensuran los terrenos con un agrimensor, para definir los límites exactos con el incipiente Club Náutico San Martín y el malogrado Club Atlántico.

En marzo de 1964 llega la Draga 252 B del MOP y se inicia el primer dragado del canal de acceso, ampliando la canaleta. El primer dragado llegó hasta donde hoy está la rampa para las clases de orza. Se festeja con un asado con la presencia de autoridades provinciales, municipales, periodistas y gran cantidad asociados. Queda reflejado lo actuado a la fecha en una nota de la revista Yachting Argentino de junio de 1964.

José Antonio Moras (h) trae mil retoños de álamos y sauces americanos, desde el delta del Paraná donde a la altura de Zárate su familia política tenía un hotel recreo para pescadores. Entre varios socios colaboradores se los planta al costado del primer albardón y al sur del predio para afirmar el suelo y para crear una reserva maderera. Pasados más de doce años, talan y usan el monte para realizar y enfajinar la tercera bahía.

Mientras se decide encarar el dragado de las dos primeras bahías, van llegando los primeros barcos, aún con la draga en la bahía. Estarán al ancla, hasta que puedan ponerse los muertos y las amarras. Los que vivieron esa etapa al ancla, como Jorge Vincini Monja y su esposa Mónica Damilano con su Moonglow, la recuerdan. «El momento que estuvimos al ancla creo que fue lo mejor de nuestra entrada al club, era como estar en San Juan, el agua estaba clarísima y las zambullidas desde el barco eran constantes, vivíamos de vacaciones…”

Silhouette, chinchorro y bocana

Para desembarcar algunos socios tenían chinchorros o botes de tingladilla. Se desembarcaba en el ángulo frente a la rampa donde se colocó la escalera metálica de obra, que donó Rodolfo Gentile. Más tarde colocarán en el lugar un precario muelle flotante con diez tambores y cubierta de madera.

 

 

 

Casuarinas en su cuna

El primer refulado se destinó para la calle Victoriano Montes, que sirve de acceso al club desde la vía; luego, en 1968, también el alumbrado de la calle corre por cuenta del club. Asimismo parte del primer refulado se vertió dentro del talud que circundaba la losa hasta el primer piso del futuro edificio, para dejarlo libre de las altas mareas. Luego del relleno, el primer piso queda a nivel; allí instalarán los vestuarios. Se rellenó también el camino lateral hasta el río, al sur de la nueva bahía, en cuyos bordes plantarán luego las primeras ochenta casuarinas.

Las peripecias financieras para ejecutar las obras proyectadas son incontables. Se superan con ahorros, donaciones, cuotas extraordinarias, bonos y préstamos personales cedidos al club, solicitados por algunos socios a entidades bancarias, ya que éstas no daban préstamos a asociaciones civiles sin fin de lucro, tal el caso de J. Moras. Las obras fueron posibles por una minuciosa administración de los recursos cuya contabilidad llevaban al dedillo M. Carnota y H. Ferrara. Dicen los que los conocieron que José Gallo, José Moras, Hellmut Silberstein y otros han puesto dinero sin que se enterasen ni siquiera amigos o consocios más cercanos.

En julio plantan trescientos retoños de casuarinas para defensa de los vientos. Luego se invita a la Dirección de Promoción del Turismo a fin de que “presencien las obras ejecutadas desde la concesión del terreno, así de esa forma podrían apreciar la transformación que ya se observa en lo que fue un páramo salvaje» (Acta de Comisión Directiva Nro 74 del 31-07-64)

En agosto de 1964 concluirán las obras de dragado, con una profundidad aproximada de 2,5 m al cero del Riachuelo. Así el club tuvo su canal principal de 172 metros de longitud por 50 metros de ancho y las dos primeras dársenas, de 38 metros de ancho por 100 metros de longitud, con una península divisoria entre ambas. (Memoria y Balance 6to ejercicio)

Las cadenas para las amarras se piden de rezago en los barracones de la Secretaría de Marina y del MOP. Para diciembre, con la colaboración personal de varios asociados en los trabajos, ya está listo el tendido de amarras, las que se colocan con una balsa cedida por el YCA. Así, otros asociados llegan al nuevo puerto con sus veleros, de a poquito. Colocan un cartel con frente al río Luján: «Club de Veleros Barlovento, visítenos, hágase socio y traiga su barco».

En septiembre de 1964 inauguran la Escuela de Náutica Comandante Piedra Buena. El nuevo Presidente, José Gallo, agradece «la colaboración de muchos socios, solamente así fue posible llegar al estado en que se encuentra el club». Como excepción nombra a «Don José Moras, actor principal en la conducción de las obras… y gracias también a él y a varios asociados por sus préstamos especiales». (Acta de Comisión Directiva N° 77 del 11-09-64) Don José Moras estuvo casi todos los días en el club, supervisando el trabajo de dragado, moviendo él mismo las cañerías de la draga, con las botas puestas.

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